La oportunidad perdida: Fernando Londoño

Paola Holguin

Dejamos pasar la ocasión de poner el Congreso en manos de una mujer excepcional para darle a Colombia un nuevo rumbo, a nuestra política un estilo diferente.

¿Se imagina usted, lector querido, lo que hubiera representado ante el mundo el mensaje expreso en la elección de una mujer como Presidente del Congreso de Colombia?

Y no de una mujer para adorno del Parlamento. Una mujer excepcional, extraordinaria, capaz, de comprobada lealtad y tino singular. Cuando los peores violadores de mujeres son elegidos, sin votos, senadores y representantes; cuando llegan al Congreso esos monstruos que después de violarlas y hacerlas violar las condenaban a los abortos más crueles; cuando las siguen amenazando de muerte por contarle al mundo esa atroz verdad; cuando las masacran sus maridos y exmaridos, sus amantes o malquerientes; cuando las apuñalan o les tiran ácido en la cara por negarse a demandas impúdicas; cuando no pueden subirse a un bus sin que las sometan al irrespeto y a la violencia de los tocamientos y los manoseos; cuando todavía no reconocen sus capacidades y destrezas en el trabajo, o cuando tienen que obtenerlo o conservarlo a cambio de favores sexuales; cuando las matan tanto que hemos tenido que incluir, sin efecto alguno, el delitos de feminicidio en el Código Penal, se nos presenta esta oportunidad y la dejamos pasar.

Todos supimos en Colombia que el Centro Democrático tenía tres candidatas de oro para la Presidencia del Congreso: María del Rosario Guerra, Paola Holguín y Paloma Valencia. Imposible saber cuál de las tres era candidata mejor. Imposible.

No hemos negado nunca nuestra predilección por Paola Holguín, no porque nos pareciera mejor que las otras dos, lo que repetimos es imposible de discernir. Nos movía una circunstancia que sigue siendo la regla de oro en una democracia. Paola sacó más votos, casi sesenta mil, que todos los demás senadores del Centro Democrático, exceptuando, claro está, al Presidente Uribe Vélez.

Nada de eso sirvió. Quienes mandan en el Centro Democrático prefirieron a Ernesto Macías, y causa finita. El tiempo, supremo juez, medirá el alcance de esta equivocación.

Lo que estamos diciendo significa que Macías vale tanto como para que el nuevo Presidente, quien con su autoridad hubiera podido cambiar el curso de los acontecimientos, haya dejado pasar de largo la oportunidad de mandarle al mundo semejante mensaje: una mujer, llena de merecimientos y capacidades, virtudes y condiciones, es la Presidente del Congreso de Colombia.

Lo que se viene no es un juego. Los nuevos aliados mostraron sus uñas y garras en este pequeño y banal tema de las dignidades y responsabilidades en el Congreso. Para manejar esta legión se requiere tacto, ilustración inmensa, poder de convicción a toda prueba, dominio del Derecho, generosidad, simpatía y firmeza, conocimiento superior de la economía, la cuestión fiscal, el orden social del país. Seguro que Macías tiene todo eso en abundancia. No nos cabe duda. No tenemos el honor de conocerlo a fondo. Los trabajos del Congreso nos pasan desapercibidos y acaso Macías es el desconocido Demóstenes, el Cicerón que buscamos, el Castelar que no quisiéramos llorar.

O el Mirabeau que esta Asamblea necesita para convencer y establecer balances. Cuando a Mirabeau se le fue la vida, la Asamblea Nacional navegó sin brújula y a Francia no le quedó más que el Terror. La guillotina reemplazó los argumentos y la sangre la oratoria feliz, los grandes gestos, los enormes proyectos políticos que solo alentaban en el cerebro de ese coloso.

Macías debe ser ese hombre providencial y esperamos vecina la ocasión para reconocerlo y comprender por qué dejamos perder la ocasión maravillosa e irrepetible que echamos de menos. Esta oportunidad, la de poner el Congreso de Colombia en las manos de una mujer, excepcional como cualquiera de las tres que no valieron para mandarle al mundo un mensaje sin antecedentes, para darle a Colombia un nuevo rumbo, a nuestra política un estilo diferente.

Los chinos, que son sabios, decían que hay tres cosas que no vuelven nunca: la flecha lanzada al viento, el agua que cae del cántaro roto y la oportunidad perdida. Acaso la del viernes 20 de julio no signifique tanto. Quien les escribe estas líneas y se queja de este dolor, no sabe nada de Política. Porque la Política no está en los libros. Perdimos nuestro tiempo leyendo los clásicos griegos y romanos sintetizados en Platón, Aristóteles y Cesar; repasando a Gracián y a Saavedra Fajardo; por supuesto que a Maquiavelo y a Erasmo, a Locke, Montesquieu y Rousseau, con toda la Enciclopedia a cuestas; a Burke y a Chesterton; y entre los nuevos, a Burdeau, Prelot, Duverger, Aaron, Revel o Hayeck. ¡Pamplinas! La Política se aprende en los conciliábulos apremiantes. Por eso también al demonio los Ospina, los Lleras o los Valencia. Reconocemos nuestra equivocación y nuestra impertinencia. Seguro descubriremos que desechar una mujer en la Presidencia del Senado ha sido una anécdota trivial. Como diría nuestro querido amigo Jesús Vallejo ¡Laus Deo!

23 de julio de 2018.

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