La paz a precio de guerra: Plinio Apuleyo Mendoza

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No hay un real posconflicto. Los frentes de guerra continúan más intensos que nunca.de se habría hecho la llamada que por control remoto activó la explosión.

Pensaba ocuparme en esta columna de la campaña electoral y más concretamente de las coaliciones que se están formando, cuando las acciones terroristas del ELN contra estaciones de policía en Barranquilla, Soledad y Santa Rosa conmocionaron al país. No podemos pasarlas por alto. Obedecen a una calculada estrategia que, además de poner en peligro el señuelo de la paz, busca con ella obtener los mismos dividendos políticos logrados por las FARC abriéndonos un porvenir incierto.

En efecto, los ‘elenos’ saben que las acciones terroristas les sirvieron a las FARC para que el Gobierno terminara cediendo a sus exigencias. De ahí que, siguiendo este ejemplo, pocas horas después del cese del fuego alarmaran al país utilizando una vieja arma suya: los atentados a los oleoductos. Ahora, queriendo parecer más contundentes que las FARC cuando estas se hallaban en su apogeo, eligieron como primer objetivo de sus ataques a Barranquilla en vísperas de su carnaval, justamente por ser la ciudad más pacífica y emprendedora del país.

Hay algo más que debe tenerse en cuenta: la complicidad del gobierno de Maduro con la cúpula del ELN, alojada en territorio venezolano. Desde allí, de tiempo atrás, se han venido organizando duros y sorpresivos ataques a nuestras guarniciones militares en Arauca. Ahora hay fundamentos para creer que desde Venezuela, en combinación con las milicias urbanas del ELN en Bogotá, se planearon las recientes acciones terroristas que dejaron siete policías muertos y cuarenta y cinco más heridos en zonas del Caribe que hoy reciben millares de refugiados venezolanos.

La captura de Cristian Camilo Bellón refuerza esta sospecha. No se trata, ciertamente, de un guerrillero con gorra y fusil, sino de un antiguo estudiante de la Universidad Pedagógica que acabó haciendo suyos los postulados del ELN. Con tal perfil organizó un grupo de activistas que mantuvo estrecha relación con el chavismo venezolano. Según informes recogidos por el fiscal Néstor Humberto Martínez, Bellón llegó a Barranquilla desde Cúcuta habiendo estado antes en Venezuela.

En su apartamento de Bogotá, allanado por las autoridades, se encontraron videos de varias estaciones de policía, entre ellas la del barrio San José en la capital del Atlántico, así como un teléfono desde donde se habría hecho la llamada que por control remoto activó la explosión.

Una vez más, el Gobierno no tuvo otra alternativa que suspender los llamados diálogos de paz con el ELN en Quito. Todo el mundo acepta como obvia esta decisión, que en verdad no resuelve nada. Esta mortífera guerrilla seguirá intensificando sus acciones, a sabiendas de que muy poco puede hacer la Fuerza Pública contra sus clandestinos atentados. Como bien lo dice Juan Lozano, “los errores en la negociación con las FARC están pasando una factura multiplicada”.

No hay un real posconflicto. Los frentes de guerra continúan más intensos que nunca no solo en las zonas donde reina el narcotráfico, sino en otras vastas regiones, por culpa de los clanes, las bandas criminales, el Epl y los desertores (y no simplemente disidentes) de las FARC. A todo ello debemos sumar la delincuencia común, cuyas bandas bien organizadas aterrorizan hoy en Bogotá a todos los estratos sociales.

Basta ver los noticieros de televisión, en los cuales el menú contiene diariamente asaltos, asesinatos, robos, secuestros, corrupción rampante, para que uno se pregunte de qué paz habla el Gobierno. Esa misma duda la tienen nuestras Fuerzas Armadas.

Solo horas después de los atentados, cuando Barranquilla no acababa de sepultar a sus muertos, ‘Pablo Beltrán’, el jefe negociador del ELN en Quito, no tuvo inconveniente en declarar que estaba dispuesto a continuar con los diálogos. Tarde o temprano, el Gobierno terminará reanudándolos. Y no nos engañemos: el ELN quiere una paz a precio de guerra.

3 de febrero de 2018.

Plinio Apuley Mendoza.

Columna publicada en El Tiempo el 3 de febrero de 2018.

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