Dura carta de la esposa de Álvaro Uribe al general Mejía (texto completo)

Medellín, febrero de 2017

Señor General
ALBERTO JOSÉ MEJÍA FERRERO
Comandante general del Ejército Nacional
Bogotá

Respetado General.

Durante muchos años fue muy poco mi conocimiento de las Fuerzas Armadas y de Policía de mi país. Pocas oportunidades había tenido para acercarme a ellas, y ajena a sus miembros y a su accionar, he de reconocer que ese poco conocimiento se parecía más a la indiferencia de quien no tiene motivos para interesarse por el significado y el valor que requieren la pertenencia a esos cuerpos.

Las circunstancias cambiaron en virtud de los diferentes cargos públicos desempeñados por mi marido. La interrelación con los miembros de esas instituciones hizo nacer en mí un respeto y, sobre todo, un amor por esos hombres y mujeres en los que como ciudadana deposito mi confianza, como pocas veces se puede tener en seres humanos menos comprometidos con el oficio al que se han consagrado.

Los acontecimientos del pasado mes de enero acaecidos en San Andrés de Pisimbalá, por enésima vez pusieron en evidencia la lealtad, la prudencia y el profesionalismo con el que actúan los miembros de las Fuerzas Armadas y de Policía, pero dejó en mí una preocupación que me lleva a escribirle esta carta: el manejo que desde los altos mandos se da a este tipo de situaciones.

Comprendo la necesidad de dar a estos acontecimientos su justa medida, máxime cuando Colombia se encuentra en un proceso de pacificación que compromete su futuro, pero no que se trate de ocultar por las implicaciones éticas que conlleva para el país, y en primer lugar, para el Ejército y las fuerzas policiales. Y no digo esto porque hubiese sentido que la vida de quienes estábamos en el hotel estuviese en riesgo, sino porque el proceso de paz implica la responsabilidad de hacerle frente, con determinación y claridad, a todo lo que puede perjudicarlo.

No sé en qué puesto de la cadena de mando la información se tergiversó, y llegó hasta usted deformada, pero considero una falta de respeto con las tropas ocultarla o minimizarla haciendo recaer en las partes más débiles la responsabilidad de esa deformación. El silencio no puede ser la estrategia ante el valor de los soldados, y reducir la gravedad de cualquier hecho olvida que solo se necesita una bala para asesinar a un soldado o a un civil.

Como en la guerra, la paz también tiene exigencias éticas que no pueden ser soslayadas, pues de lo contrario los hombres y mujeres que conforman las fuerzas militares perderán el rumbo y los valores que engendran la necesaria confianza de los ciudadanos y el respeto de otras naciones.

Usted conocerá mucho mejor que yo las directrices éticas que da a sus hombres en tiempos de paz, pero creo saber que entre ellas no podrá omitirse la sinceridad de la escucha, los sentimientos de compasión ante el dolor que aproxima a las almas, ni la necesidad de la tradición, capaz de forjar las referencias históricas que dan sentido al oficio militar.

Permítame reiterarle que mi afecto y admiración por las Fuerzas Militares y de Policía es inquebrantable.

Con sentimientos de respeto y aprecio,

LINA MARÍA MORENO

 

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