Chávez fue el Papá Noel del socialismo

Se cumplieron este 6 de diciembre dieciocho años desde el día en que el pueblo venezolano eligió al coronel Hugo Chávez Frías como Presidente de la República.

Columna de Fernando Londoño publicada el 9 de diciembre de 2016.

La aventura populista que Chávez representa no se emprendió por casualidad. La venezolana era una democracia cansada, aburrida, ineficaz y corrupta. Los dos grandes partidos, Acción Democrática y Copei se repartían el poder y lo ejercían sin ideas, sin norte, sin gracia. El petróleo les daba para alimentar una inmensa burocracia incompetente, que se limitaba, con el apoyo de todos los congresos, a vivir de fiado sobre su inmensa riqueza.

El pueblo venezolano estaba acostumbrado a esperar poco, a trabajar poco y a exigir poco. Era tanta su abundancia, que engrosaba sus filas una copiosa legión de colombianos, que ávidos de aprovechar las oportunidades que el país les ofrecía, se instalaron en los puestos y empresas productivas, luchando con humildad por los bolívares que los alimentaban y sobraban para sus familias lejanas. La inmigración era grande y fecunda para el país. Desde la segunda guerra mundial se instalaron en Venezuela, además de las colombianas, trabajadoras y de sencillo perfil, muchas familias europeas que trajeron una cultura superior, espíritu de lucha y capacidad de emprendimiento. La gran masa de los venezolanos no aspiraba a mucho, pero tampoco le ofrecieron mucho.

El terreno estaba propicio para la demagogia que se le vino encima. Chávez ocupó los baldíos que dejaba ese cuadro de corruptelas enormes, el llamado RECADI fue una de las mayores que se recuerden en Latinoamérica, de pobreza resignada, de expectativas casi inexistentes, de desigualdades formidables.

Y ganó las elecciones. Sus antecedentes se limitaban a una carrera militar mediocre, a cuatro ideas socialistas mal digeridas y a una motricidad verbal notable. Lo acompañaba el recuerdo fresco de un Golpe de Estado fallido, de una prisión condescendiente y de un indulto suicida para el establecimiento. No debe ser casualidad que Castro, después de Moncada y Chávez, después del fallido asalto al Gobierno de Carlos Andrés, provengan de perdones cobardes. Así es la Historia.

Para que no faltara nada a la experiencia chavista, sobrevino la bonanza petrolera más impresionante de la Historia. La fortuna que manejó Chávez excede en mucho toda la que sumada tuvieron sus antecesores caudillistas y democráticos. La suerte le regaló todo, para que no pudiera quejarse de nada.

Y a Chávez lo acabó de enloquecer la mina de oro que le entregó el destino. La oportunidad socialista era plato servido en su mesa.

No se le ocurrió, como a ningún socialista, la idea de que debiera conservarse y multiplicar la riqueza para repartirla luego. En absoluto. Del Rey Midas nunca se supo que construyera empresas con su oro. De los populistas tampoco. Por eso se dedicó a repartir el petróleo de más de cien dólares, a través de sus “misiones” inagotables. Y a predicar odio contra cuantos habían amasado una fortuna, fundado una fábrica, cultivado la tierra, administrado un banco o una compañía de seguros. El capital es maldito y debe estar en manos del Estado, que en esos regímenes se confunde con el pueblo.

Le sobraron recursos para regalar por los países del continente, más a Cuba que a todos los otros, con la única condición de que se le parecieran en su credo marxista, cuando menos populista. Ese nuevo Papá Noel se paseó por el caribe, por Centroamérica, por la Argentina, por Bolivia y el Ecuador, regalando petróleo o tomando bonos basura. Varios de sus colegas tuvieron suerte parecida, como Correa, Evo, Cristina, Lula, que creyeron que la “alteración de los términos de intercambio” sería eterna. Y a redimir al pueblo se dijo. América Latina, después de la locura de los petrodólares de los 80, repitió la hazaña con aquellas ventajas gigantescas y efímeras.

La herencia maldita de Chávez, la conoce el mundo. Colas interminables en las tiendas para comprar, con una moneda que no vale nada, cosas que no existen. Los niños y los viejos se mueren sin la menor compasión del régimen, víctimas de todas las carencias. Es un genocidio monstruoso que el mundo, desde el Vaticano incluido, contempla indiferente. Los campos yermos, las fábricas en ruinas, los comercios vacíos. Y por supuesto, cómo faltaría en un establecimiento así, las riquezas insolentes de la gran Nomenklatura, de los militares que aprovechan, de los cómplices que medran.

No se tenga por la memoria de Chávez la compasión que no merece. Maduro no es un accidente. Ese tipo de regímenes necesita mequetrefes así, para seguir tapando con montañas de basura retórica todas sus miserias y para mantenerse en el poder, lo único que importa, con las cárceles llenas, la sangre que corre por las calles, la mordaza que tapa la protesta.

Hace dieciocho años empezó esta tragedia. ¡Y saber que nos quieren repetir la dosis!

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