Para reír un poco con la paz

Vamos con la macabra suposición de que ganara el Sí en este plebiscito y que una ínfima mayoría relativa aprobara el mamotreto de 297 páginas que nadie se ha leído. Solo vamos a suponerlo. Pero usted, querido lector, lo sabrá todo cuando lea estas líneas que se escriben en el atardecer del sábado, la víspera de esta lamentable experiencia. Si como esperamos se rechaza este absurdo, verá entonces de la que se salvaron el Gobierno y el país.

Columna de Fernando Londoño publicada en el diario Las 2 Orillas el 3 de octubre de 2016.

El Acuerdo Final dispone que el Gobierno le de comida gratis a los guerrilleros, y guerrilleras, por supuesto, que con sus familias amigos y relacionados/as se metan en las zonas veredales. Vamos a suponer que no pasen de diez mil, que a la voz de servicios, comida y salario gratis se alojen en estos paraísos.

Pero adelante con los diez mil. ¿Se imaginan lo que es servir diez mil desayunos en treinta lugares distintos del país? Que no esté amargo el jugo de naranja/o, ni pasados los huevitos, ni frío el café ni blanda la arepita. Todo puede pasar.

Terminada la jornada del desayuno, y recibidas las quejas en Palacio, empieza la del almuerzo. La carne muy cruda o demasiado hecha, el arroz pegotudo, las tostadas de plátano poco tostadas y la lechuga sin salsa suficiente. ¿Se imaginan?

Y cuando exhaustos los secretarios de Palacio den por terminado el almuerzo, tendrán que empezar a lidiar con la comida. Los fríjoles muy duros y el acompañamiento muy poquito. Los guerrilleros/as suelen ser de buen comer, cuando no hacen nada.

Y esa locura los 180 días desde el D, que nadie carajos sabe cuál será. Para enloquecerse, promotores de la paz.

Pero eso no es nada. Porque el acuerdo supone comida gratuita para todas las familias cocaleras y todos los raspachines durante el primer año de vigencia del posconflicto. Solo piensen en lo que pasará el día 366, cuando no le llegue la sopa y el seco a los 500.000 calculados comensales. Algo así como el comienzo de una nueva guerra.

Pero no vamos tan lejos. Dele de comer y de beber a medio millón de personas situadas en las inmediaciones de los cultivos de coca. Comida balanceada, para que no proteste la Corte Constitucional, y bien servida para que no moleste el Defensor del Pueblo. Doña Tutina de Santos que se apreste a derramar nuevas lagrimitas, estas de la física desesperación.

Nos imaginamos al Ejército y a la Policía poniendo orden en el reparto, cuando lluevan por miles nuevos aspirantes a que los alimenten gratis. Van a brotar del fondo de la tierra. ¿A quién se le ocurriría semejante estupidez?

Dejemos a un lado la culinaria y vamos a los caminos y las carreteras vecinales. Los mismos insensatos que escribieron en el acuerdo lo de las comidas, dejaron estampado que las carreteras terciarias, pasarán a ser de cargo de la Nación. Esas son las de las zonas veredales, que ya no las lidiarán los municipios, sino el señor/a ministro/a de Transporte.

Sabemos que mal o bien contados, los municipios del país son 1200. Sin exagerar digamos que en promedio hay 10 vereditas en cada municipio, que exigirán decentes, bien construidos y bien mantenidos sus caminos que llamamos de penetración. Así la cuenta monta a 12 000 carreteras terciarias, con sus curvas, sus puentes, sus terrenos inundables, sus cuestas demasiado empinadas. ¿Alguien se hace cargo de semejante locura? ¿Quién querrá semejante Ministerio?

Pero estamos lejos de que paren las cosas. Porque el acuerdo Juanpa-Timo dispone la adjudicación de tres millones de hectáreas de tierra cultivable para la paz. Seamos generosos y digamos que no son todas para entregar de golpe y porrazo, sino en un prudencial término de diez años. Eso significa adquirir, por cualquier medio que sea, 300 000 hectárea por año y repartirlas, para que no queden minifundios insostenibles, de a 20 hectáreas, para 15 000 campesinos por año. Lo que supone entregar más de 1000 finquitas por mes, más de treinta diarias. No hacemos la cuenta de días festivos o laborales. Simplemente digamos que es el mundo de la esquizofrenia.

Pero no es todo. Claro que no. Porque los arquitectos de la paz han prometido siete millones de hectáreas en formalización de ocupaciones viejas, ampliando las demasiado chiquitas, que serán casi todas. Lo que nos da 700 000 hectáreas anuales, que montan dos mil por día.

Y no hemos comenzado con la justicia, ni con la lucha contra los “denominados” paramilitares, ni con las circunscripciones electorales nuevas, ni con los hospitales prometidos, ni las casas garantizadas, ni las escuelas, colegios y universidades pactados, ni las pensiones para trabajadores/as del campo en edad de jubilarse.

Bien vistas las cosas, el primer interesado en que no gane el plebiscito es Santos. Le va menos mal si lo pierde.

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